0:04 Comment0 Comments




En estos últimos días, en que la redondísima luna se paseó desnuda en toda su compactísima gordura, me encontré convertido por momentos en hombre lobo. Este lobo calzado con cordones ajustados en el justo punto y bolsillos donde guarda las uñas (como aprendió en tiempos en que los cubresillones eran más elegantes), ve enhiesto el pelambre de la nuca, henchidos los muslos y un callado grito de homenaje que explota en silencio, soterrado en la garganta.

El hombre lobo se arroja al piso, a sus cuatro patas, ancho y tenso, como subido al techo de un tren en movimiento, y yo juraría que sonríe cuando saca la lengua moviendo desaforadamente el rabo peludo, reprimiendo los movimientos que explotan dentro de él, y me mira pidiéndome permiso. El lobo hombre que soy yo se contiene de soltarse en una carrera imposible a la luna. El otro, algo más tonto, me mira y me pide permiso con los ojos brillosos, asiosos, para comenzar la corrida, los saltos, los aullidos. Ese hocico de lobo que compartimos se siente de acero pulido cuando son sus dientes los que se muestran. Yo todas las mañanas cepillo los míos contra la placa bacteriana. A veces lo siento emboscado dentro de mi ojo, deseando que un movimiento torpe llegue hasta la encía y un pequeño rastro de sangre, más no sea el mío propio, dibuje la frontera de los dientes, excite el ánimo de una dentellada al aire. El lobo me explicó hace algún tiempo que todo consiste en el chasquido del hueso, y no sobre qué se cierran los caninos.

Es el lobo el que quiere saltar y colgarse de la luna. Es el lobo elque se enamoró, el que sonríe y la llama por su nombre. A veces ese astro de hueso raído me señala y me acusa. Me reta por privarla a ella del lobo, que tanto se esmera en conquistarla. Otras veces, las más, el lobo acude al primer llamado oído, y se acomoda en mis despeñaderos por unos días, hasta despedirla.

En ocasiones este lobo hombre recuerda épocas cuadrúpedas, y tales días se lo ve llegar cansado al trabajo por la mañana. A las tres de la madrugada aquella amante se ha colado por la ventana y reptando lentamente por la cama le acaricia las piernas, luego el pecho, y más tarde le besa el rostro, antes de perderse entre las hojas del alto laurel de Carmen, la veci
na.

22:46 Comment0 Comments

Largo tiempo ha, en un pueblo de montaña, a pocos saltos de cabra de Viena, vivía mejor afinador de instrumentos musicales que la Europa de ese lado de Polonia haya conocido: Serge Fruedhel. No existía timbre que desconociera, instrumento amotinado al que no pudiese convencer de sonar como debe ser, como la teoría de quintas manda, como el refinado oído de la gente del pueblo merecía.


Ya que probado está eso de que nada es casualidad, la razón de que Fruedhel haya sido tan buen afinador, en buena medida se debía al pueblo. Éste era un pueblo de músicos. Todos se dedicaban a la música, a distintos instrumentos, a distintas variables melódicas. En la Calle del Clavicordio se encontraban los barrocos y los teóricos experimentales de rock sinfónico. La Calle de los Metales pululaba de saxofonistas, trompetistas, tubistas y un xilofonista cuyo desconcierto sonoro era remarcable, mas no parecía tener mayores problemas con su dos ambientes, a la calle, luminoso. Así la Cortada del Pandero, el Pasaje del Corno Inglés y la Plazoleta de la Música de Cámara, donde se juntaban las tardes de domingo los vecinos a charlar y planificar puentes, calles y disposición de la iluminación vial; aunque solía suceder que simplemente olvidaban la conversación, uno decía: “maestro, ¿por qué no se deja caer unos acordes?” y adiós a la organización, comenzaba la improvisación hasta la falta de buena iluminación vial impedía que continuasen.


En tales condiciones era inevitable el surgimiento de esta figura, de este brillante afinador. “Déjeme el instrumento”-decía- “Mañana lo tiene listo”. Y así afligido, el músico se alejaba solo de la casa de el afinador. Serge pasaba alrededor de una hora con cada instrumento, preguntándole, en el lenguaje que los instrumentos entienden, qué le sucedía, cómo se sentía, si fueron duros con él, si lo trataban con imprudencia. Conocido era el caso del piano que insistía en sonar agudo y se desafinaba a cada rato, empeñado en decir que había nacido como pianola, encerrada en el arpa de un piano. No faltaron las guitarras que clamaban ser banjos y las trompetas que decían ser trompetas, y que eso era toda la excusa necesaria para sonar como les diera la gana.


“Una hora cada uno” decía, y no tardaba más en ajustar los martillos que un pianista imprudente había castigado con dedos duros, en lubricar los pistones de la trompeta, que Körthzer siempre olvidaba lubricar y que la hacían cantar con catarro, y una hora en ajustar los parches de los redoblantes, que cada tanto se sentían tristes por tanto golpe y se estiraban en un suspiro grave.

Un día una gran fábrica de instrumentos decidió instalarse en el pueblo. Sus administradores y contadores se lamentaban largamente por no haber descubierto el negocio antes. Anotaron en sus grandes libros y balances todas las muchas pérdidas de dinero que habían sufrido por no haber puesto la fábrica allí 10 años antes (que para los administradores y contadores son pérdidas reales y lloran así desconsoladamente por las cosas que jamás pasaron). Apenados por estas pérdidas, entonces, la fábrica sufrió la presión de una gran exigencia productiva y comenzó a fabricar montones y montones de instrumentos. Los trabajadores trabajaban más tiempo y más duro, aplicados a la excelencia de los trombones y las castañuelas. Eran los instrumentos más hermosos que jamás se hayan fabricado. Por supuesto, los trabajadores eran los mismos habitantes del pueblo, que por un tiempo fueron muy felices, viendo cómo todos ahora tenían trabajo y compraban caballos bayos, compraban instrumentos de la fábrica a mitad de precio y tenían dinero para iluminar calles y hacer el puente de dos vías en el arroyo que cortaba la Calle del Diapasón. A pesar de esto, el tiempo pasaba y la gente ya no era tan feliz. Estaban muy cansados y toda la ciudad empezó a volverse más ruidosa que musical. Los acordeones, tambores, oboes y clarinetes dejaron de sonar por las tardes para hacer lugar a los chirridos, pitidos y golpes de la fábrica. Así, como todos trabajaban tanto, y estaban tan cansados, y ya no tocaban sus instrumentos, los instrumentos no se desafinaban. La tristeza mayor estaba en que ya a nadie le importaba. Claro que en ese nadie no estaba Fruedhel, que comenzó a preocuparse porque cada vez tenía menos trabajo, y pasaba el día deambulando lánguidamente por el pueblo, a tono (como no podía ser de otro modo) con el resto de la gente.


Una tarde, sentado en la Plazoleta de la Música de Cámara, escuchó a la panadera y Frau Bertha saludarse con desgano. “Buen día Frau Bertha”, “Buen día a usted... Fraulein”. Se dio cuenta en ese momento de que en efecto nunca nada es casual, y que todo lo sometido al abandono se gasta y desafina. La gente era la desafinada ahora. La gente sonaba mal, la gente era la que estaba fuera de tono, y así comenzó a prestarle atención a los “mmmmh”, “ufff”, “aaah...”, y algún que otro “grrr”. Timbres feos, sonidos que faltaban a la teoría de quintas, a lo que el refinado oído de la gente del pueblo antaño gustaba de escuchar.

De este modo, entendiendo que a la larga un sonido es un sonido y una persona no se diferencia demasiado de un instrumento, entendiendo que cuando hay algo mal, hace ruido y suena feo, a la mañana siguiente talló, con un viejo cincel la palabra “gente”, justo debajo de su viejo cartel que desde siempre decía “Se afina”. Afinador al fin, de a poco, con alguna reticencia, la gente empezaba a ir a su viejo taller. Una hora con cada uno, sus días se iban poblando cada vez más de trabajo. El procedimiento era igual al de los instrumentos: los hacía sonar un rato, tratando de escuchar cuándo sonaban mal, y entonces comenzaba con las viejas preguntas, entonces cómo se sentía, qué le pasaba, entonces si fueron duros con él, si lo trataban con imprudencia. La gente empezaba a sonar, y él iba buscando el pistón seco, el martillo castigado y el parche blando; o los problemas de vocación, las ironías del jefe inepto, el marido desatento o la esposa gritona. Incluso notaba que, como los instrumentos, era necesario volverlos a afinar con regularidad, y luego cada vez con menos frecuencia, ya más acostumbrados a sonar como debían.


El pueblo contento y Fruedhel adinerado, amplió el taller, e incluso hizo una pequeña escuela de aprendices de Luthiers-de-gente, a la cual asistían jóvenes de pueblos vecinos. Se dice incluso que uno de sus aprendices de Viena fundó su propia línea, aunque es sabido que de Viena no se puede esperar más que salchichas.

1:50 Comment0 Comments





He tenido la oportunidad de hacer el amor con algunas mariposas, yo, que no recuerdo cuándo no fui polilla.
Tal belleza te embellece.

Belleza verdad
Belleza verbo
Belleza de piel infinita
de piel con pelusa
de pelos oscuros
de sentirlos en los labios
de rozarlos en un beso.

Belleza.

Y yo sigo siendo una simple polilla, siempre polilla, que alguna vez, por generosidades mariposas, pudo ser bella.

No sé contar historias
soy un todo de momentos.

Una semana es mucho tiempo.

23:16 Comment0 Comments

Ordoñez trabaja de noche, porque a pesar de todo lo que se supone, de noche también se trabaja. Ahí afuera, mientras dormimos, hay gente haciendo sus tareas. Por la mañana, cuando los demás van a trabajar, a estudiar, o a lo que sea que hace la gente que hace cosas mientras el sol está ahí arriba alumbrando, Ordoñez se viste con su ropa de salir a dormir, que es su pijama de rayas violeta, se lava los dientes y se acuesta en su cama, del lado de arriba, y esto relaja a Ordoñez.

No está de más decir que los trabajos nocturnos suelen diferir de los trabajos diurnos. Hay menos diseñadores gráficos, algunos panaderos que preparan masas y faturas para que lleguen calientes al desayuno de las seis y media y al de las nueve, y puedan ser honrosamente hundidas en café con leche. Hay serenos, botones de hoteles que esperan a quienes gustan viajar de noche. Hay mozos de café que atienden a los sedientos que se desvelaron, y también hay monstruos de debajo de la cama, que resulta ser el trabajo de Ordoñez. El trabajo dignifica, y Julian Ordoñez, 41 años, soltero, sagitario, peluquero aficionado, se ha convertido en un monstruo de debajo de la cama, profesional y de trayectoria.
Hace ya muchos años Ordoñez se encontró sin empleo y con dificultades para conseguir uno. Como no conseguía trabajo como peluquero (no se enojará Ordoñez si admitimos que en aquella época todavía le faltaba práctica y carecía de destrezas suficientes con el peine y las tijeras), atendió al aviso del diario en el que se solicitaban monstruos de debajo de la cama (con o sin experiencia). Leído en una placa, alguna vez, aquello de serás lo que debas ser o no serás nada, Julián Ordoñez supo que, de no ser peluquero, lo mismo daba monstruo de debajo de la cama que astronauta, programador o instructor de yoga.
Ya pasada la entrevista, bastante típica por lo demás (nombre, edad, estado civil, espantos previos, etc.), ya presentados sus compañeros de trabajo, que eran Reyes (encargado de los ruidos en el ropero), Campos (encargado de las sombras que se ven con el rabillo del ojo) y Caeiro (encargado de los ruidos de pasos fuera de la habitación), comenzó su tarea.A Ordoñez le tocaba ser el monstruo de debajo de la cama.
Como es sabido, este humilde trabajador de la noche no tiene una tarea específica más que el estar ahí. Un monstruo de debajo de la cama normalmente no hace ruidos extraños. Ni siquiera necesita mostrarse a sí mismo debajo de la cama, sino que lo que tiene que hacer es estar ahí. El usuario de la cama (el durmiente) sólo tiene que suponer, sentir que debajo de la cama hay un monstruo, un monstruo terrible que, de no subirse el durmiente rápido al colchón, lo tomará de los pies y lo jalará hacia abajo. Estas son puras habladurías, ya que en ocasiones el durmiente viene tan bien predispuesto que ni siquiera hace falta el monstruo, y en otras ocasiones el monstruo es Ordoñez, hombre bonachón, peluquero aficionado, sagitario; cuestiones que no afectaban su tarea porque él podía ejercer magistralmente el estar-ahí. El iba y estaba, y eso lo hacía muy bien.
En los años que lleva como monstruo de debajo de la cama, Ordoñez pocas veces ha tenido que evidenciar su presencia-allí. Un solo caso fue el del durmiente que decidió que no había monstruo alguno bajo su cama y se levantaba a comer a altas horas de la madrugada, desafiante. Ordoñez se vio obligado, entonces, a utilizar su bramido de monstruo de debajo de la cama, recurso al que deseaba no tener que apelar, ya que Ordoñez, antes que monstruo, es Ordoñez, y no le gusta asustar a la gente. Este bramido era bastante similar al maullido de un gato, dado que Ordoñez no sabía cómo es que suenan los monstruos de debajo de la cama, pero consideraba que era capaz de imitar fielmente a cualquier gato que se propusiera, real o imaginario. En aquella oportunidad afortunadamente la cosa no pasó a mayores, pero Ordoñez, que no se toma las cosas a la ligera, supo que el bramido-maullido no convencería en posteriores ocasiones, así que decidió llevarse todas las noches al trabajo un diario con un velador pequeño, esos veladores chinos que venden en cualquier tienda y por tener una base se salvan de ser linternas de mano. Así Ordoñez todas las noches leía el diario, y el durmiente, desde arriba de la cama, en caso de decidir un motín contra la presencia de Ordoñez, al asomarse al borde del colchón veía una luz pálida debajo de su cama, acompañada por un ruido casi imperceptible, pero que delataba la presencia del monsruo debajo, planificando... que a la larga no era más que Ordoñez aprovechando el rato y pasando las páginas finísimas del diario, revisando los resultados deportivos de la víspera y leyendo las historietas.
Ya cómodo en su trabajo, con un reconocimiento del gremio gracias a la implementación de esta linterna, que pasó a ser obligatoria a los monstruos de debajo de la cama, como los borceguíes con punta de acero de los obreros de las fábricas, Ordoñez comenzó a notar que las noches eran demasiado largas y que, a pesar de que la lectura del diario le ahorraba un tiempo de lectura por la manaña antes de ir a dormir, le gustaría aprovechar un poco mejor ese tiempo. Recordemos que mientras Ordoñez está trabajando, el durmiente hace lo que se supone, que es dormir, y un durmiente normal duerme aproximadamente siete u ocho horas. De éstas, Ordoñez tranquilamente podría dedicar 6 a algún estudio, análisis, deporte o afición que desease cultivar, sin daño a su trabajo, y haciendo valer realmente esas horas de ocio. Fue así como una noche decidió llevar las tijeras, los peines, el spray, el gel y la gorra.
Vamos a ser sinceros, Ordoñez: al principio los cortes eran bastante feos. Ordoñez peinaba a los durmientes, les emparejaba las patillas y hasta les hacía los claritos. No era pequeña la sorpresa de quienes se despertaban con patillas más o menos rectas y mechones rubios. La gente lo atribuía a un posible ataque de sonambulismo cosmético… pero al fin y al cabo, por una cosa o por otra, uno siempre se ve diferente a la mañana, con los ojos llorosos, hinchados, ese olor jamón rancio en la boca, y qué tanto, esto era sólo una diferencia más y se ahorraban una visita al salón.
A pesar de estos primeros momentos, Ordoñez fue cultivando su oficio y cada vez los trabajos se refinaban más. Peinados de copa, largas trenzas y extensiones para ellas. Flequillos de costado, recortes de barba, rapados bajo melena para ellos. Los durmientes se encontraban realmente encantados al despertarse, ya que las manos de Ordoñez finalmente estaban a la altura de su originalidad y buen gusto, y no es exagerado decir que estos cortes y arreglos se fueron convirtiendo en verdaderas maravillas. Ordoñez ya ha patentado el desmechado flogger, el flequillo aplastado Emo, una cresta punk de seis colores y tres sabores (única en su especie) y más de una quincena de otros peinados que son el furor de lo casual en los salones de mayor prestigio actuales. Este estilo casual ha sido seleccionado particularmente por Ordoñez. Es necesario un toque accidental que haga pensar que son causados por remoloneos y contorsiones de la cabeza en la almohada. Raro sería despertarse y mantener un peinado prolijo como los de James Bond. Esta es la razón de que los adolescentes siempre parezcan recién caidos de la cama.
Ordoñez, 41 años, soltero, sagitario, todavía hoy trabaja bajo cuchetas, simples, marineras, plaza y media y dos plazas. Peluquero aficionado y monstruo de debajo de la cama, ocupación a la que le ha tomado aprecio y de la que espera jubilarse algún día, que seguramente el día en que la edad no le preste la agilidad para deslizarse bajo estos modernos y estrechísimos sommiers. Hasta entonces, que no nos extrañe despertarnos por las mañanas con jopos, remolinos y quizá alguna mecha colorada.

17:37 Comment0 Comments



http://www.criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=18320



Una cosa así era posible. Es un malentendido, no se preocupen. No, no es un tóxico eliminado por la pastera. Estamos en diálogo con la cancillería argentina para no generar un incidente por una nimiedad. Es cierto que las pasteras en general tienen mala fama, que son acusadas mundialmente de contaminar el medio ambiente, de utilizar venenos altamente tóxicos, de instalar sus plantas en el último pendejo del culo del mundo, donde hay legislaciones flexibles, alquilables, y que en última instancia quedan lejos de casa como para preocuparse por los cientos de oscuritos habitantes de ese pelo del culo del mundo que pueden toser, irritarse, llorar, nacer deformes, nacer insuficientes o nacer trotskistas. Son todas habladurías, señores, no hay nada probado. Esta pastera no está en el último pelo del culo del mundo; está construida y operada en Uruguay, ¡U-ru-guay, señores! patria grande, país libre, soberano y autodeterminado; no un país chico de un continente lejano y oprimido como... no sé, Asia. Nosotros estamos en el Mapa. Mire, mire el globo. Si se arrodilla, o si levanta el globo de la mesa (es que los globos están muy mal hechos, sólo se vé la parte de arriba, si tuviésemos uno de los inclinados...), ¿vé aquí? ¿vé esta peninsulita, abajo de Brasil? Lea, lea lo que dice... Uruguay, sí señor, tierra del mate, Gardel y Natalia Oreiro. ¡Uno se tiene que agachar para verlo en el globo! ¡De rodillas frente a Uruguay!


Retomando: sí, una planta química, pero esta composición, "planta química", lleva consigo un juicio ficcional, un vapuleo imaginario. Siempre que hablan de “química” hablan como si la química industrial fuese algo malo, algo turbio, algo que no se entiende, algo peligroso. ¿Qué hay de peligroso en una chocolatada? ¿y en la sal? ¿y en el plástico con que se hacen los juguetes de nuestros niños? ¿y en la pintura con que se decoran? ¿y en el cloro con que se los lava? Esta planta química es tan inofensiva como una fábrica de dulces, una cocina popular para el pueblo o un sobrecito de jugo. No señores, aquí no se contamina… Ah, sí, la mancha… bueno, es un alga que… sí, un alga de diez kilómetros ¿nunca vio un alga de diez kilómetros? Es un alguita inofensiva, un bichito lindo; es como una lechuguita. Sí, una lechuguita de diez kilómetros ¿qué tiene? ¿imagina usted cómo solucionaría Uruguay el problema del hambre mundial si pudiésemos cosechar lechugas de diez kilómetros? Claro, entonces se quejarían de la anemia estos de acá al lado. Son naturales y autóctonas estas algas, nada tienen que ver con los supuestos desechos tóxicos que supuestamente eliminaría la planta: lo repetimos, la planta no-elimina sus desperdicios en el río, las papeleras son industrias tan inocentes como la industria de los muñecos de peluche en Taiwán. Es cierto, sí, que los osos panda están en extinción, pero nunca se comprobó la conexión entre el tráfico de peluche y la migración hacia la nada de los osos panda. Además aquí no tenemos osos panda... ¿Que qué hacen con los desperdicios? Bueno, es simple: en una planta de destilación separan el agua de los tóxicos y con los sedimentos restantes se hacen casas para los pobres, bastones para los ancianos, banderitas de peñarol y redoblantes para las murgas de febrero. Pero no nos vayamos de tema: diez kilómetros de algas, es simplemente eso, una plantita inofensiva que embellece nuestro río y justo vino a dar por accidente a la altura de esta industria que vela por el empleo, el ambiente, la paz y fraternidad charrúa. Necios, aquellos malos vecinos del otro lado del charco son necios. Lo que pasa es que nunca vieron esta alguita linda. Muchos pueden decir que vivieron a orillas del río toda su vida y que nunca antes vieron aparecer tal cosa, y que justo suceda unos días después de sentir una leve brisa aromática, una fragania indefinible en el aire... Bueno, mierda, dijeron olor a mierda, pero sobre gustos... Respecto al alga, puede ser que sean olvidadizos, como buenos argentinos, o despistados, o que esta alguita, bien juiciosa que es, decida pasearse sólo por las márgenes uruguayas. ¿Y por qué se ve ahora de aquél lado? No sé, puede que sea el peso devaluado que atraiga nuevas visitas; yo no soy quien para sacar conjeturaciones aventuradas. ¿No vieron las fotos? ¿No vieron lo linda, lo caribeña que nos queda esta mancha verde y blanca en el río? Envidiosos, eso es, son envidiosos; nosotros compartimos nuestra alga con ellos, y ellos no quieren compartir el agua con nosotros. Los argentinos son así, todos ladrones, desde el primero al último, no nos quieran comparar con argentinos. Es un alguita, una plantita inofensiva, por favor. Ahí, miren, ahí, sáquenle fotos a los grupos ambientalistas que se quejan de una planta. ¿Querían vida acuática? Miren, ahí hay vida acuática, déjenla tranquila. Y que quede claro, no es el agua, es algo “en” el agua. No es el H2O, el H2O no se mancha. Es algo “en” el H2O. La definición sería H2algaverdeyblancadiezkilométricaO, pero no es el agua, así que no empiecen con que el agua está contaminada. El agua está limpia, solo algo “en” el agua, “entre” el agua hace que su consumo sea dudoso… Sí, yo dije que es un alga inofensiva, claro que sí, y lo es; los chicos pueden jugar con ella, las abuelas pueden tejerle medias, los novios pueden llevarla al cine... Pero eso sí, sólo como precaución, no la toquen, ni la besen, ni la huelan, y mucho menos que menos la ingieran, porque los puede poner levemente melancólicos… o quizás irritarles piel y ojos. No estamos seguros de que sea carnívora, pero es poco probable. Todo es una suposición, nada hay cierto. Como no es algo del agua sino que está “entre” el agua, nosotros no podemos investigarlo. El agua en sí, el dihidrógeno y el de oxígeno unidos por puente-hidrógeno están perfectos y eso es todo lo que interesa. La toxicidad es relativa. Toda comparación da un resultado de toxicidad prácticamente nula. La hemos comparado con gas mostaza, Sarín, Napalm y bayas negras de las Filipinas, y los resultados nos permiten ser muy optimistas. No hay necesidad de alertar al turismo, si bien estamos considerando, como precaución, evacuar toda la costa fluvial a Floripa. vamos, es una lechuguita, yo no sé por qué tanto lío…

21:29 Comment0 Comments

Y prefirió escarbarse un lecho y vertirse, siguiendo el cauce y moldeando la piedra.
Más valía marcar la piedra con suavidad, de común acuerdo, que quebrarla una noche a causa de un frío sin concenso.
Pasó algún tiempo pensando en el amor perdido, pero no fue más que eso. Perdido.
Decidió ya no perder tiempo pensando cosas que aburren al pecho.
Caminó la ciudad contenta, casi comprendiéndola, o al menos dándole el significado que ella más quisiese. "No tiene demasiada importancia", sostenía, "la ciudad es lo suficientemente grande, y lo suficientemente diversa, bruta e indiferente como para preocuparse".
La ciudad no se preocupaba, es cierto, aunque de cuando en cuando le cerraba un farol y ella se asustaba, corriendo con pasitos cortitos hasta el quiosco.
"Hay que hacerse un cauce y tirarse adentro" pensaba mientras tanto, "hay que dejarse llevar un rato".

21:25 Comment1 Comments

Yo sé que te va a parecer una boludez, pero el tema es cierto y es así: No, no quiero estar más con vos, y sí, fue por lo del papel higiénico. Sí, ya sé, ya sé que para vos es una huevada, y tenés razón cuando me decís que es solamente un puto papel higiénico; pero me parece que no es tan así. Terminás el papel higiénico y no lo cambiás, dejás el tubo de cartón puesto. Bueno, sí, tenés razón, pero es precisamente eso, los rollos están ahí, al lado, y no lo ponés.
¿Es un principio de autismo? ¿Sentís la piel desgarrarse cuando agarrás el nuevo rollo? ¿cuando desencastrás el traconómetro y atravesás el aire del tubo por su cento? No, no es eso. No me gusta hablar escatológicamente, pero lo voy a hacer. ¿Cómo querés que esté con alguien que no se hace cargo de su propio culo? No quiero encontrarme esas hipocresías. Si tu culo fatigó el papel higiénico, entonces reponelo, no me dejes ese cartón vacío humeante, contándome de todos los papeles higiénicos que no reponés, el de tu inseguridad, el de tu histeria y tus celos. El Sussex de tus enojos, que gastás a mansalva, sin pedirle disculpas al traconómetro cargándolo de un rollo nuevo, de una llamada por teléfono diciéndo "me fui al carajo, perdón", de un mensaje, de una nota (de una carta, que los correos no cerraron y encontrarte en el buzón, en tu letra, es tanto diferente de esta Courier New de taquígrafa silenciosa). "Te quiero, a veces me olvido, curtite".

Sí, será una boludez, pero no quiero. Y sí, quizás sí ví mucho Seinfeld, pero si no podés hacerte cargo de lo que hace tu culo: la puerta, bonita...

Ojete mutis por foro.

18:44 Comment0 Comments









"La puta que te parió, perro". Se miraba y percibía la cárcel de su investidura, de su carnet que lo identificaba como un profesional, un carnet que no había costado poco conseguir y que decía que ya no tenía opiniones ni caprichos, no tenía antojos, no tenía ningúna emoción de expresión desordenada, sino que era un profesional, que podía estar sentado en esa sala, en esas sillas hipócritas de negro aterciopelado. Ya no recordaba realmente cómo era el terciopelo. Muy delicado era el terciopelo, eso sí, para él, un hombre con la historia de su pueblo tapiada de alfombras gruesas y pesadas. En la infancia un peluquero que había puesto su local, humilde, con el frente algo resquebrajado, como todas las casas del vecindario, cerca de la esquina de la plaza, había comprado un modestamente ostentoso sillón de terciopelo. "El Rajá" se llamaba la peluquería. Nada tenía que ver aquél ensueño solitario de realeza con estas sillas aterciopeladas hipócritas, con el aire fresco de la sala que lo hace transpirar, nada tienen que ver estas sillas con los bancos de madera que todavía se queman a no más de treinta cuadras de allí, con los almohadones viejos de cualquier sala con piso de tierra sobre los que ya no se sientan trabajosamente algunos ancianos a fumar y a charlar; a charlar de cosas importantes y de cosa sin importancia, aunque siempre todo parece ser importante de boca de aquellos viejos. Uno los ve allí sentados, duros, y parece que el tiempo nunca pasó, que están sentados allí desde siempre. Quizá procuran que uno no los vea moverse de ese lugar, aunque sepa que lo hacen. Uno sabe que el mago no hace realmente magia, pero tiene la cordialidad, la simple decencia de no mostrar el truco a nuestra fragil inocencia. Gracias por ello.
"La puta que te parió, perro", pensaba, mientras ese pequeño hombre de rasgos deformados seguía sonriendo y hablando con un acento extraño. Esa deformidad y ese acento extraño le hablaban como si lo conocieran, como si fueran hermanos, y eso lo insultaba, como lo insultaría a cualquier hombre que un nadie enano, deforme y con acento extraño le dijera "no". ¿Por qué no? Porque no, porque yo. ¿Y usted...? Yo. La puta que te parió, perro.
De repente se siente enorme y visitante. Ese pase que colgaba de su cuello ya no significaba nada, simplemente era un peso plastificado que colgaba de su cuello. Las decisiones las tomamos mucho antes de enterarnos. El nombre se puso delante del profesional, o el profesional tomó nombre. No tiene importancia. El traje que tenía puesto también era hipócrita; en nada se parecía a aquél traje marrón gastado, color tierra seca, tierra árida, color polvo que usaba todos los días. Las piernas cortas dejan entrever sus tobillos y el sudor de la tarde se impregna en la camisa con el polvo del aire. Este traje no es mío, es de él, es del perro aquél que habla y sonríe con su voz sin vocales, con su mandíbula artículandose de otra manera, con su lengua sin jotas, sin raspar su garganta, sin sentir en carne las palabras. Con el corazón digo lo que pienso, perro. Miró sus zapatos. Esos sí eran sus zapatos. No tenían demasiada historia, los había comprado unos días atrás, pero él los eligió. Él fue a la zapatería y describió más o menos lo que quería. Él puede describir lo que quiere. Describió aproximadamente esa punta redondeada y ese color. Comprar zapatos es un gusto que uno se puede dar de cuando en cuando: ir a la zapatería, sentir el olor a cuero, o las ansias del olor a cuero, tomar el zapato con ambas manos, sostenerlo a la altura de los ojos y observarlo en todos sus ángulos, como un gran experto en acorazados de cuerdo. Doblar la suela, meter la mano y sentir si alguna costura interna va a ampollar algún dedo. Sonreir como un chico en el fetiche de meter la nariz dentro y olerlo, nuevos, cuero y goma. Uno huele los zapatos nuevos como huele los libros viejos, y la sonrisa que se extiende rápida y sutil, aunque visiblemente destacada bajo los pómulos, los ojos brillantes, son aproximadamente los mismos.
Pensó en sus zapatos un momento, que parecieron varios momentos, y se olvidó del sudor frío de la piel, del perro parlante, de las sillas aterciopeladas, del banco quemado y los almohadones vacíos. En ese momento fue a su casa, a la caja sobre la cama, a mostrárselos con humildad a ella, buscando una aprobación. Pensó que uno siempre planifica alrededor de unos zapatos, los ve en un futuro posible con otros pantalones, en otras casas, en los zapatos viejos, en la reflexión de la brevedad y facilidad de la alegría al cabo de todo. Nunca pensó que tantos pies entraran en un solo zapato; el pie del anciano, el pie del Rajá, el pie de ella, su pie, los pies que caminaban por todas esas manzanas a treinta cuadras de ahí que hoy ya no caminan, que hoy son otros pies, de acentos sin vocales, sin jotas, que calzan borceguíes. Tantos pies en un solo zapato, y el carnet, y la silla, y de repente todo junto, el sudor que aumentó mientras él estaba en todos esos otros lugares, y la alegría que se hace calor por dentro, y levantarse en el medio de la sala y gritarle "perro" a la criatura, a ese energúmeno, a Jorge Arbusto, que diestramente alcanza a esquivar los dos zapatazos que le arroja su mano, que es tantas manos, y que sus ojos llegan a ver golpeando la pared de atrás antes de que lo tiren al suelo.


17:51 Comment0 Comments

Preguntas (Juan Gelman)

«lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra» dijeron las Seis
Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina mientras movían sus
pechos con una dulzura tan parecida a Dios

¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno ¿y si
Dios movieras los pechos dulcemente? dijo ¿y si Dios fuera una mujer?

corrían rumores acerca de las Seis
las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la
boca las habían visto en una cama del Bat Hotel las habían visto fornicando
con sastres zapateros carniceros de toda Pickapoon

¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste en la boca?
alguno dijo ¿y si Dios fuera una mujer? ¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de
Dios! ¡lechosos! dijo ¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la
ciudad

así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este
y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon todas eran rubias
y cada día habían visto a la muerte trabajar

eso es todo
así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina y otros
sitios de Dios ¿y si Dios fuera una mujer? ¿y si Dios fuera las Seis
Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno.

17:35 Comment0 Comments

Supongamos. A la larga la lectura es un supongamos, un "y si".
Hay una búsqueda. La búsqueda de una matriz donde entre todo y a la vez nada. Donde lo singular se toca con lo de todos, con la historia fácil de narrar de todos los días, con los interlocutores que "ah, sí, a mí, una vez", pero con un quizá, con una variable, con un lambda que lo potencia. Ser Ismael, ser Helénè, amar a Helénè, caminar la estepa con Isidoro Cruz, ser perseguidor perseguido, y todavía ser uno, y estar en ese tren, en ese colectivo, en esa cama. Fui el flaquito perdedor de la publicidad, y a la vez me paré derecho como bebedor de Cinzano, y a la vez sé que mi espalda todos los días se curva al pararme relajado. Sería ya muy ingenuo creer que la lectura es un proceso de la letra escrita, no considerar imágenes, películas, publicidades, etc. como parte de una literatura, como una invitación más a las lecturas, a la construcción de algo que forma y no forma parte de uno, aunque no toda pieza se abra a lecturas profundas.
Supongamos. Y ahí nos aferramos al tiempo, que sin un pizca de imaginación, sin ese movimiento se le da por escaparse por cuanta rendija abierta se le ofrezca, cauce de tiempo que se va. Pero vamos, no vamos a ser bovarystas, que la literatura es uno de los tantos trajes que utiliza la imaginación para vestirse. Quizá eso le esté faltando a los libros, una verdadera dosis de supongamos, una verdadera invitación, un supongamos individual que invite a el resto de nosotros, acá afuera, esperando un vano de puerta por el cual pasar a encontrar un nuevo retazo de uno.